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EL IMPERDIBLE

El Papa y los obispos, para poner la casa en orden

Por Julio Blanck para el diario Clarín.

Jueves 1 de Febrero de 2018

Artículo extraido del diario Clarín - Por Julio Blanck

En la capilla de Santa Marta, el papa Francisco concelebra este jueves misa junto a la nueva conducción de la Iglesia argentina. El presidente del Episcopado, monseñor Oscar Ojea, los vicepresidentes cardenal Mario Poli y obispo Marcelo Colombo y el secretario general obispo Oscar Malfa, participan de esta ceremonia de fuerte valor simbólico. El sábado, los cuatro tendrán una reunión privada con el Pontífice. Será el primer encuentro formal con el jefe de la Iglesia de esta cúpula elegida en noviembre. La ocasión parece ideal para poner un poco la casa en orden, después de los cimbronazos políticos que durante los agitados meses de diciembre y enero se sintieron al interior de la Iglesia y en la relación con el Gobierno.

Aunque todos los involucrados promueven una relación institucional lo más sana y estable que sea posible, la Casa Rosada y los obispos saben bien que Francisco y Mauricio Macri no se quieren. Hay respeto entre ellos y una actitud pública permanente de reconocimiento del Presidente hacia el Papa. Pero tienen diferencias personales, ideológicas y políticas que quizás jamás se resuelvan.

Con esas mismas diferencias fueron capaces de convivir seis años, cuando Jorge Bergoglio era arzobispo de Buenos Aires y Macri gobernaba la Ciudad. La pretensión del Gobierno es no bajar un solo escalón en ese estatus. No parece un objetivo sencillo de alcanzar.

El último episodio áspero fue el frío y formal telegrama, para colmo escrito en inglés, con que el Papa saludó al Presidente mientras sobrevolaba nuestro país rumbo a Chile, donde cosecharía niveles inéditos de conflicto. Ese texto fue muy diferente a los entusiastas textos que en su momento había dedicado a Cristina Kirchner. Fue el cuarto viaje de Francisco a la región en sus casi cinco años de papado, sin pasar por la Argentina.

El propio Macri y el jefe de Gabinete, Marcos Peña, buscaron minimizar las interpretaciones obvias, sobre la lejanía natural que siente Francisco respecto del Gobierno. Y bajaron la línea oficial: el Papa es un ejemplo para todos, Argentina es su país, no necesita ser invitado, sería buenísimo que viniera. Pero la tensión está siempre subyacente.

Se ha dicho bien que esta nueva conducción del Episcopado representa con fidelidad el pensamiento del Papa. Se notó enseguida: el primer contacto oficial que tuvieron con el Gobierno fue calificado como "muy franco y productivo" por fuentes oficiales. Esto significa que se dijeron unas cuántas cosas de uno y otro lado, sobrepasando las formalidades del protocolo.

Estuvieron Macri, Peña, el vicejefe de Gabinete Mario Quintana, Santiago de Estrada y Alfredo Abriani por la secretaría de Culto y los ministros que más contacto funcional y espiritual tienen con la Iglesia y el Papa: Carolina Stanley de Desarrollo Social y Jorge Triaca de Trabajo.

Por la Conferencia Episcopal asistieron los cuatro integrantes de la Comisión Ejecutiva que están por estas horas con el Papa en Roma, además del vocero, padre Jorge Oesterheld.

Ese encuentro se produjo el martes 19 de diciembre, horas después de que a pesar de los muy violentos incidentes en la calle y los reiterados intentos de los diputados kirchneristas por abortar la sesión, el Gobierno consiguiera aprobar en el Congreso la reforma previsional.

Lo primero que le dijo la delegación de la Iglesia a Macri fue que estaban en contra de esa reforma y del cambio en el cálculo del aumento en las jubilaciones. Eso fue Francisco puro.

Con la conducción episcopal anterior, cuentan los funcionarios del Gobierno, todo era más alambicado e indirecto, más sugerido que explícito. Más cómodo para ellos, también. Pero esta es la música que suena ahora y con la que tienen que bailar.

De todos modos, por debajo de la rispidez en la relación con el Papa, el Gobierno tiene múltiples puntos de contacto con la nueva conducción de la Iglesia.

El presidente del Episcopado, monseñor Ojea, como obispo de San Isidro -cargo que ejerce desde 2011- estableció una relación de trabajo conjunto con la administración bonaerense de María Eugenia Vidal. Ambos ya habían cooperado cuando Ojea era titular de Caritas y Vidal y Stanley integraban el gobierno porteño.

La Gobernadora, además, es una abogada entusiasta de los méritos de monseñor Gustavo Carrara, el primer obispo villero. Carrara, de 44 años, desarrolló una notable tarea en la villa del Bajo Flores. Fue nombrado por el papa Francisco en noviembre pasado, poco después que se eligiera a la nueva conducción del Episcopado. Hoy es obispo auxiliar del Arzobispado de Buenos Aires.

Su elección, como la de Ignacio García Cuerva, cura párroco de la villa La Cava en San Isidro, designado obispo auxiliar de Lomas de Zamora, marca con un trazo profundo la línea que Francisco pretende imprimirle a la Iglesia de su país.

La consagración de Carrara, el 16 de diciembre, fue encabezada por el cardenal Poli y monseñor Ojea en la Catedral porteña. Asistieron funcionarios del macrismo, como la ministra Stanley. Pero la nota la dieron los fieles del Bajo Flores, quienes con sus cantos y sus banderas, de Argentina, Bolivia y Paraguay, colmaron ruidosamente la Catedral y terminaron llevando al nuevo obispo en andas dentro del templo, en una auténtica fiesta popular.

Signo del delicado equilibrio político que busca guardar la Iglesia de Bergoglio, pocos días antes monseñor Carrara había recibido junto a Lita Boitano, presidenta de Familiares de Desaparecidos, un premio de la Defensoría del Pueblo porteña que encabeza Alejandro Amor. En el acto estuvieron Estela de Carlotto y el titular de la DAIA, Ariel Cohen Sabban.

Pero ese equilibrio es una construcción compleja y demasiadas veces precaria. Un ejemplo es el comunicado de los obispos de hace tres semanas, titulado "Francisco, el Papa de todos". Fue una respuesta a los laicos que juegan en la interna de la Iglesia y la política, cometiendo abuso de picardías y reclamando una franquicia absoluta para interpretar las ideas del Pontífice, llevando agua a cualquier molino que luzca opositor a Macri.

Replicando una costumbre extendida, los obispos empezaron por cuestionar a los medios de comunicación por "identificar al Papa con determinadas figuras políticas o sociales", propiciando -según dijeron- "confusiones que incluso llegan a la injuria o la difamación". Recién fueron más a fondo cuando reconocieron que hay personajes que buscan "utilizar" al Papa, "pretendiendo representarlo o atribuyéndole posiciones imaginarias en función de sus propios intereses sectoriales".

El conflicto puntual había surgido por expresiones de incendiario tono opositor del dirigente Juan Grabois, cercano a Francisco en el afecto y las ideas. Grabois lidera la CTEP, movimiento social que como otros ejecuta el provechoso doble juego de negociar y enfrentar al Gobierno.

Los obispos señalaron que "acompañar a los movimientos populares en su lucha por la tierra, techo y trabajo", tarea alentada por el Papa, "no implica de ninguna manera que se le atribuyan a él sus posiciones o acciones, sean estas correctas o erróneas".

"Nadie ha hablado ni puede hablar en nombre del Papa", reclamó el Episcopado. Tampoco éste parece un propósito sencillo de alcanzar. Porque Francisco hasta ahora les da juego a todos. Y pide que "hagan lío". En eso están unos cuantos. 

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