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EL IMPERDIBLE

La reforma impositiva que precisamos

Por Ricardo Arriazu para Clarín

Domingo 19 de Noviembre de 2017

 Artículo extraído del diario Clarín – Por Ricardo Arriazu

El sistema tributario argentino es ineficiente, inequitativo y complejo. Sólo busca recaudar para financiar elevados niveles de gasto público, frecuentemente altamente improductivo.

Es ineficiente porque esconde un elevado nivel de evasión al mismo tiempo que la carga sobre los que pagan es insoportable. Más aún, es un sistema que desincentiva el ahorro, la inversión y el empleo, al mismo tiempo que afecta la competitividad externa del país. Los impuestos en "cascada" (es decir, los que se cobran sobre cada transacción) son quizás los más distorsivos, y entre ellos se destacan el que se cobra sobre los ingresos brutos (principal fuente de recaudación propia de las provincias) y sobre los débitos y créditos bancarios. En este último caso, la tasa nominal parece ser pequeña (0,6% en cada transacción), pero cuando se compara la recaudación con el saldo promedio de las cuentas corrientes (base de ese impuesto) podemos comprobar que la tasa es superior al 50%. Es decir, cada año nos quitan la mitad del valor de nuestros depósitos en cuenta corriente.

Otros impuestos altamente ineficientes son los que se aplican a las exportaciones y sobre los salarios (aportes y cargas patronales), puesto que desincentivan la producción de los bienes y servicios que compiten con el extranjero, y el empleo, incentivando el uso de tecnologías intensivas en capital en lugar de intensivas en mano de obra.

Es inequitativo porque pagan más lo que tienen menos y permite la elusión por parte de los que más tienen, y es complejo, porque se basa en decenas de impuestos y pocas personas pueden cumplir con sus obligaciones sin recurrir a un profesional. Ocho impuestos explican más del 90% de la recaudación, y muchos casi tienen "nombres propios".

La carga impositiva en Argentina es una de las más elevadas de América Latina, es mucho más elevada que la vigente en los países asiáticos, y es comparable a las europeas pero con una provisión inferior de servicios. Pagamos impuestos para tener seguridad, salud y educación, pero luego tenemos que volver a pagar estos mismos servicios al contratarlos en forma privada. En realidad, la carga impositiva en Argentina es una de las más altas del mundo si incluimos el impuesto inflacionario y la tasa que efectivamente pagan los que cumplen con sus obligaciones. Esta carga es uno de los factores que explican los problemas de competitividad de nuestro país.

La propuesta de reforma enviada al Congreso por el Poder Ejecutivo va en la dirección correcta pero es demasiado gradual. Al transformar el impuesto a los débitos y créditos en anticipos del impuesto a las ganancias, al presionar por la baja del impuesto a los ingresos brutos, al reducir la tasa del impuesto a las ganancias sobre las utilidades reinvertidas, al reducir los aportes patronales, etc. busca elevar las tasas de ahorro y de inversión, eliminar distorsiones e incentivar el empleo, pero la propia meta final es poco ambiciosa y el tiempo para alcanzarla demasiado prolongado. Toda reforma afecta intereses, pero un sistema que permita elevar la tasa de crecimiento y reducir su volatilidad necesariamente beneficia a todos los sectores.

Chile implementó en la década de 1980 una reforma parecida pero mucho más agresiva (muy agresiva en 1984, y luego fue atenuada en 1990). Se estima que, como resultado de esta reforma, la tasa de ahorro y la tasa de inversión se incrementaron en un monto equivalente al 7% del PBI, lo que permitió elevar la tasa de crecimiento, disminuir el desempleo y reducir la pobreza. La crisis de 1982 no sólo provocó una baja del 15% en el PBI, sino que también redujo la tasa de inversión al 12,1% y la de ahorro a sólo el 2,3% y elevó la tasa de desempleo al 21%. La reforma (y la recuperación cíclica) elevó gradualmente la tasa de crecimiento (superando el 10% en dos períodos), la tasa de ahorro (llegó al 30% del PBI) y la tasa de inversión (superando el 27%). En el transcurso de 10 años, la tasa de desempleo bajó a menos del 7% y el ingreso por habitante se duplicó, lo que permitió reducir la pobreza.

El sistema previsional merece un párrafo aparte. No importa cuál sea el sistema utilizado, siempre es un trabajador en actividad el que financia a un trabajador inactivo. Las cargas y beneficios deben mantener un delicado equilibrio para ser sustentable en el tiempo, y siempre debe tomar en consideración las dinámicas demográficas. La decisión de la edad jubilatoria, de los cargos y de los beneficios no puede basarse en una decisión arbitraria de las autoridades. Si la población crece menos y la gente vive más sólo existen tres alternativas para que el sistema sea sustentable: o se incrementan las cargas, o se eleva la edad de retiro, o se disminuyen los beneficios. Pero al elegir entre estas alternativas hay que tomar en cuenta tanto los efectos sobre la eficacia económica y sobre la tasa de crecimiento (que será la que asegure los beneficios en el futuro) como los impactos sociales de estas medidas.

Nuestro país necesita elevar significativamente su tasa de crecimiento para reducir la pobreza. Este objetivo será de difícil logro sin una agresiva reforma tributaria que mejore los incentivos y que mejore nuestra competitividad externa.

Ricardo Arriazu es economista

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