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EL IMPERDIBLE

El suicidio del anarquismo catalán

Por Marcelo Cantelmi para Clarín

Sábado 28 de Octubre de 2017

 Artículo extraído del diario Clarín – Por Marcelo Cantelmi

La actitud entre adolescente y aventurera de los secesionistas se explica en la amenaza que entrevén en una elección.

Uno de los comentarios más agudos que hizo el Partido Nacionalista Vasco, involucrado como consejero en la crisis catalana, fue alertar al presidente Carles Puigdemont que una declaración de independencia en estas circunstancias, sin aliados internacionales y solo con socios sectarios internos, no tenía ni siquiera un valor heroico. Que era la nada misma, un capricho efímero políticamente costoso. Ni el confuso progresismo de Podemos acompañaba esta aventura.

La recomendación de ese partido, que gobierna el País Vasco y tiene una historia que le da solidez en estas cuestiones, iba aún más allá. Aconsejó al Ejecutivo catalán que tomara la iniciativa de anunciar elecciones anticipadas. Eran la llave para romper la alianza entre el Partido Popular de Mariano Rajoy y el Socialista de Pedro Sánchez, que avalaba que si había un llamado a las urnas, caía la intervención federal, al revés de lo que demandaba el oficialismo en Madrid. Pero, la idea era más ambiciosa: no debía dejar el camino liberado para que fuese el gobierno español el que organizara esas elecciones. Y eso es lo que ha ocurrido.

La intervención que derroca al Ejecutivo catalán completo era visualizada como un hecho dramático que "crispará a la política catalana y a la española en general", sintetizaba el dirigente vasco, Andoni Ortuzar. Es el precedente que la crisis ha corporizado lo que preocupa a estos dirigentes. En otras palabras, el trasfondo de anarquía que exhibe una rebelión donde una fracción catalana cuyo tamaño real es una incógnita produce semejante colapso.

Presidente catalan Carles Puigdemont. Cualquiera cosa, menos un táctico. AP

Lo cierto es que el voto rupturista del viernes por la mañana fue el resultado más buscado por Madrid. Rajoy también ha podido celebrar el zigzagueo de su colega regional, que tuvo la oportunidad de desafiarlo en el tablero político, pero archivó toda alternativa de ir adelante con una votación, que también era resistida por sus aliados radicales. Madrid ha preferido este desenlace porque un comicio convocado por las actuales autoridades iba a relevar a Puigdemont pero instauraría, seguramente, en el poder a un independentista aún más duro. Esquerra Republicana, del vicepresidente Oriol Junqueras, a la vez ministro de Economía de la región, defendió el proceso independentista al extremo de amenazar con romper la coalición gubernamental. Una salida electoral en ese marco colocaba a este dirigente en un camino seguro al poder, con el apoyo adicional de las organizaciones nacionalistas más rígidas como Candidatura Unidad Popular, con su propio bloque en el Parlament.

La intervención española que fijó las elecciones adelantadas para el 21 de diciembre, tiene un objetivo evidente dirigido a eliminar a toda la vereda secesionista. Lo curioso es que esto lo emprende con la ayuda ingenua de sus propios adversarios en un proceso que dejará en el camino las candidaturas de los principales líderes rupturistas. Tiene cómo hacerlo. La estructura judicial que se ha montado merodea el Código Penal para la mayoría de esos responsables.

Separastistas celebrando lo que será menos de lo que esperan. Bloomberg

La actitud entre adolescente y aventurera de los secesionistas se explica en la amenaza que entrevén en una elección. El riesgo de una votación libre y legal, no como lo fue el polémico referendo del 1° de octubre, podía revelar que los independentistas no son la mayoría catalana como ellos proclaman y niegan sus críticos. Sobre ese punto es interesante la conclusión de Carles Riera, uno de los líderes de la CUP, quien sostuvo que "las elecciones son la herramienta más eficaz, demoledora y mortal para abortar" el proceso de independencia. Los antecedentes indicarían que esa preocupación tiene sentido.

Un informe publicado esta semana por el diario El País sostiene que "el porcentaje del voto nacionalista secesionista no se mueve desde hace 18 años: en las seis últimas elecciones estuvo siempre entre el 47% y 49% del voto". Incluso en la consulta del 1° de octubre, el resultado mostró un apoyo limitado de poco más del 30% del universo del censo de electores local. Durante ese período hubo todo tipo de gobiernos en Cataluña, hasta el actual de una agrupación de centroderecha ligada originalmente al establishment y el rico empresariado local. Esa pertenencia ideológica puede explicar las vacilaciones de Puigdemont que se encontró con su proyecto de ruptura en medio de una fuga masiva de casi dos millares de las más importantes corporaciones catalanas cuyo regreso no está previsto ni siquiera si cambia el escenario.

Esta crisis tiene un costado aún más opaco y calculador. El Partido Popular encontró en ella una razón para legitimarse hundiendo en los archivos las denuncias de corrupción que asolaban a esa agrupación. También consolidó a Rajoy al frente del gobierno pese a los costos que ha generado el ajuste y la concentración de la economía. Así, el cuanto peor mejor no solo ha sido un atributo de los anarquistas catalanes que en estas horas decidieron este notorio suicidio político. Las banderas progresistas que se usaron para inflamar los pechos con la palabra independencia son una curiosidad de este proceso. Si esa fuera la intención política, el camino hubiera sido el opuesto al nacionalismo y a favor de la preservación de la unidad cosmopolita europea.

Es probable que la dirigencia catalana haya tomado esta medida a sabiendas de que no existirá en el tiempo. Si se produjera realmente la secesión, el país se encontraría en una crisis sin salida y acabaría como un paria nacional. Ha perdido buena parte de su estructura económica cuando era el 19% del PBI español. Las instituciones europeas han avisado que están con Madrid. Junqueras y sus aliados más duros proclaman que Cataluña seguirá en el Mercado Común a través de acuerdos bilaterales con la UE o con la Asociación Europea de Libre Comercio que es la puerta de entrada al Espacio Económico Europeo donde está Noruega sin ser miembro del euro y donde acabaría Gran Bretaña con su Brexit.

Vicepresidente Oriol Junqueras, ljunto con Puigdemont, los que se van. AFP

Pero ahí radica un problema. Ese organismo ha recordado que el peaje para el ingreso es el voto unánime de los 28 miembros de la UE, es decir tiene que aceptarlo España. Como ha recordado esta columna, además, la deuda catalana supera los 76 mil millones de euros y una gran parte de ella es con Madrid. Pero el inconveniente no es sólo el tamaño de las obligaciones, sino que la deuda catalana circula por debajo del nivel de bono basura según las tres calificadoras globales, indicador de la dificultad reinante para tomar crédito.

Esta construcción, más allá de su destino de callejón, muestra, quizá como ningún otro ejemplo, los riesgos del nacionalismo. Un fenómeno que con distintos rostros se ha extendido en Europa, cubriendo con consignas populistas y un anarquismo que se uniforma de izquierda a derecha, el enorme vacío ideológico que define a estas épocas.

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